Ñiquito, el maestro que maneja sueños

Nico el chofer destacado este es el resumen

Manejar una guagua ha sido quizás el regalo más grande que le ha hecho la vida a Ñiquito. El asfalto habanero conoce bien su historia y también las miles de familias agradecidas que ven partir a sus hijos cada mañana hacia una escuela para infantes con necesidades educativas especiales.

Treinta años lleva Patricio Antonio del Baño Castro (Ñiquito) en la Empresa de Transporte Escolar, y a pesar de tanto tiempo, cuando habla de su trabajo se le entrecortan las palabras, se le escapa el aliento  e incluso llega alguna lágrima a los ojos que tanto han visto.

“Este es un trabajo maravilloso, a pesar de que uno tenga que enfrentarse a los disímiles y complejos padecimientos de esos niños. Durante estos años he conocido a niños con estrabismo, autistas o con otras limitaciones motoras. ¿Lástima? ¡No qué va, al contrario! Cuando pasan los años te das cuenta que son gente muy valiente, capaces de sobreponerse a cualquier dificultad”, confiesa mientras recorre el área donde vela celosamente por los ómnibus.

Tal vez la experiencia de tener un padre transportista, o la mismísima casualidad, lo llevó hasta la Unidad de Base ubicada en Guanabacoa, un lugar que para él es una extensión de su propio hogar.

“Comencé en el año 90 luego de cumplir misión militar en Angola. Mi papá también trabajó aquí y tengo fotos con él desandando este lugar. Inicié mis estudios en la escuela de cadetes pero no terminé la carrera y al final me gradué de licenciatura en estudios socioculturales”.

El brillo en sus ojos delata cuánto amor siente por su trabajo. Ñiquito abraza al timón de su carro Diana consciente de la alta responsabilidad de trasladar diariamente a estudiantes y docentes.

“Los padres sienten confianza con uno porque es el mismo chofer junto a la guía los que recogen al niño y lo llevan hasta el punto  todos los días. Los recorridos comienzan desde las cinco y media de la mañana y podemos terminar a las siete de la noche. A veces el niño llega y si no ve al chofer habitual no se monta en la guagua. Eso crea una empatía muy grande con ellos y hace que los choferes permanezcan aquí hasta su jubilación”, agrega.

Aunque el pasar de los años conspire para olvidar algunos rostros, asegura que siempre recuerda sus nombres. “Uno se aprende los nombres de cada niño. Aquí uno se pasa años con ese mismo recorrido y los ve crecer poco a poco. Te cuento que una vez estaba en La Habana y una joven me grita "Ñiquito", y realmente no la conocía. Ella era una de esas niñas que llevé por muchos años a la escuela”, rememora.

“Aquí llega el día del maestro y aunque nosotros no somos educadores nos dan el mismo tratamiento que recibe cualquier profesor y eso reconforta mucho porque te llena el alma. Es tan fuerte la relación que a veces si existe algún problema de indisciplina, los padres o los propios maestros lo llaman a uno porque el muchacho establece una empatía muy fuerte conmigo. Había casos en que a los jóvenes les gustaban las guaguas y entonces se abrían más y allí aprovechaba y les daba consejos”.

Como resultado de su trabajo y las evaluaciones positivas que hicieron los directores de las escuelas donde laboró, recientemente Ñiquito asumió la tarea de jefe de base, la primera vez que un chofer llega a esta responsabilidad.

“Yo no me voy de aquí hasta que sea un viejo porque hay que estar en este lugar para darse cuenta lo valioso del trabajo de cada compañero. Además uno ve la excelente preparación de los especialistas nuestros formados por esta Revolución, son capaces de poner a escribir a un niño que quizás por sus limitaciones físicas jamás lo soñarían”.

Autor(es): 
Oscar Figueredo Reinaldo
Tomado de: 
cubadebate
Fecha: 
2019-07-04T00:00:00

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